La muerte del espíritu

la muerte del espiritu

“Dios ha muerto (…), nosotros lo hemos matado”. Un loco había entrado en la plaza preguntando desesperado por el paradero de Dios y ante las risotadas y burlas de la multitud es el mismo loco el que da con la respuesta: “lo hemos asesinado”. 

El extracto ya es ampliamente conocido, proviene de “La gaya ciencia”, aclamada obra del filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Años más tarde en “Así habló Zaratustra”, el loco se preguntaría: “¿No es la grandeza de este hecho demasiado grande para nosotros?”. Si, lo es. Somos incapaces de responsabilizarnos por tan atroz acto.

Derrumbamos lo más grande, lo más ominoso que puede habitar en nuestro mundo y lo hicimos sin saber sus consecuencias. Creímos que enaltecería el espíritu humano, pero estábamos equivocados. Sin saberlo lo lamentamos. Sin saberlo, su muerte merma nuestras vidas. Lo matamos a él y a todos los otros dioses. Apenas y quedan rastros de ellos. 

Apagamos el fuego al centro del hogar. Talamos el árbol que presidía en lo alto de la colina. Desproveímos al firmamento de sus estrellas. Pisamos la cabeza de la serpiente que se arrastra por los suelos y apedreamos a las aves que vuelan en el cielo. Contaminamos el agua de la vertiente y desvelamos los secretos de la tierra. 

El espíritu humano quedó sin hermanos que le hicieran compañía, deambulando solo en busca del alimento que le proporcionaban sus semejantes. 

Obcecado buscó a sus compañeros, pero solo se extravió en sí mismo. La locura y la muerte le esperan al espíritu humano frente a la inminente soledad. Gustav Carl Jung, psicólogo e intelectual suizo, no dudó en plantear su preocupación por la muerte de los grandes espíritus que habitan en la mente humana. Estos, que no tienen origen conocido, nacieron antes de la historia. Su origen prehistórico, biológico y salvaje acompañó al humano arcaico desde sus inicios, fundando las bases de una mente que aún tenía mucho de animal. 

Para Jung, éstos eran esenciales para un desarrollo sano y creativo de nuestra psique, eran el rasgo evolutivo que habita desde tiempos inmemoriales, el instinto por crear y acompañarse de lo místico. 

Estos “remanentes arcaicos” o “imágenes primordiales”, a los que Jung llamó “arquetipos”, generan los grandes símbolos que acompañan la cosmología de las culturas. Entregan sentido y dan identidad a una sociedad. Crean los mitos, las leyendas y las historias que le contamos a nuestros niños antes de dormir. Su importancia actúa en muchísimos niveles, pero si de algo debemos preocuparnos es que su presencia permite una profunda conexión con lo más antiguo y natural de la mente humana. 

En palabras del mismo Jung: “El hombre moderno no comprende hasta qué punto su “racionalismo” le ha puesto a merced del “inframundo” psíquico. Se ha librado de la superstición (o así lo cree), pero, mientras tanto, perdió sus valores espirituales hasta un grado positivamente peligroso. Se desintegró su tradición espiritual y moral, y ahora está pagando el precio de esa rotura en desorientación y disociación extendidas por todo el mundo”. 

Expulsar de nuestras vidas a los espíritus, los dioses o los arquetipos, son una misma cosa. Se traduce en el asesinato de la vida espiritual. El trueno y el rayo ya no son las voces de un panteón enojado. El león no es la salvaje representación del sol en la sabana. La serpiente no es la encarnación de la sabiduría. Y el árbol no es el principio vital del ser humano y su pueblo. 

La Modernidad trivializó los símbolos que creamos para dar forma a la magnificencia de lo que consideramos místico. Ahora, el león es Peugeot, el rayo Opel y la serpiente Alpha Romeo. Esas “imágenes primordiales” perdieron su importancia, y con ello, también, buena parte de nuestra profundidad psíquica. Las transformamos en marcas, las capitalizamos y las intercambiamos como si fueran bienes de consumo. 

Los grandes símbolos de la humanidad ahora podemos tenerlos a nuestra disposición, al contado o en cómodas cuotas. Como diría Oscar Wilde: “Hoy en día el hombre conoce el precio de todo y el valor de nada”. Estos “remanentes arcaicos” perdieron todo el sentido que le entregaban a nuestra vida, ahora solo son un sello de distinción o prosperidad económica. 

No es de extrañar que el loco de Nietzsche buscara con tal desesperación el paradero de Dios. No es extraño que tanta gente, hoy en día, también busque desesperada un atisbo de espiritualidad tras la caída del Dios Adámico. Lamentablemente, frente a la desaparición de la mística en los últimos siglos y el consecuente aumento del pragmatismo, los nuevos caminantes de la senda espiritual tienden a dar palos de ciego por doquier. 

La poca profundidad con la que se trata el tema preocupa. Hace falta el apoyo de un contexto social y cultural que permita sostener una cosmología que dé sentido a la espiritualidad. Sin ello, el camino se hace tan individual y solitario como el espíritu humano frente a la caída del resto de sus hermanos. 

La figura del maestro casi ha desaparecido, probablemente fue a buscar los restos olvidados de los antiguos ídolos o se ha escondido temiendo derivar en un charlatán. A falta de guía, buscamos desesperadamente experiencias espirituales, nos hacemos grandes coleccionistas de curiosas prácticas que poco y nada tienen que ver con nosotros mismos. 

Consumimos ayahuasca sin tener ninguna conexión con la selva milenaria, ingerimos peyote sin haber peregrinado por los antiguos desiertos, meditamos sin haber conocido la sabiduría de buddha, dharma o shanga, practicamos yoga sin saber sobre el modo de vida de los yoguis y nos acercamos curiosos al tantra sin la menor idea de los mahasiddhas. 

Como si esto fuera poco, les exigimos resultados inmediatos: “háganme más feliz”, “llévenme a la iluminación”, “permítanme superar el sufrimiento”, “libérenme de mis miedos e inseguridades”, “vuélvanme exitoso”. La senda espiritual no tiene más beneficio ni razón de ser que la necesidad de volcarnos a nuestros aspectos más profundos y vincularnos en natural interdependencia. No hay resultados, no hay nada asible o concreto. Es encuentro, es conexión. 

En última instancia, es fundición y disolución. No se equivoque, el pragmatismo ha podido convivir con la espiritualidad en muchos periodos de la historia, pero en la casa del occidente moderno se transformó en uno de sus asesinos. No es el pragmático, el racional o el lógico el que busca desesperado a Dios, es el loco. Es el loco, el sabio, el maestro, el poeta, el artista, el peregrino. 

Son los que no buscan resultados, pero sí sentido y sabiduría. Pues tal vez sea el momento en que estos personajes deban cambiar de camino. En esta época en la que el planeta se incendia, en el que urge ser sustentables, en que debemos tomar conciencia del ecosistema, podemos volcarnos hacia la tierra. 

Nuestros pueblos originarios la conocían como Ñuke Mapu y Pacha mama. Su espíritu no está del todo muerto, aún habita entre sus fieles seguidores, en las costumbres, la devoción y el cuidado a la naturaleza. 

Quién sabe, vivir en concordancia y conexión con la tierra puede que nos devuelva un poco de todo eso que hemos  perdido, puede que al fin dejemos de buscar inútilmente a Dios donde una y otra vez se nos ha demostrado que no está, como si estuviéramos locos.